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lunes, 14 de marzo de 2016

LA CIUDAD FANTASMA

Paseaba con su viejo profesor por la ciudad fantasma, todo había cambiado y ya nada quedaba de lo que fuera antes la ciudad nueva. Sólo despojos aquí y allá y verjas metálicas evidenciando negocios cerrados. Las viejas estrategias ya no servían y ahora sería difícil encontrar un trabajo, ya que se estaba encarando lo peor de la crisis.
El viejo profesor, viudo y ajado, con su pensión de retiro vivía frugalmente sin grandes excesos ni caprichos pero se preocupaba por las jóvenes generaciones y por su destino incierto, nadie sabría qué iba a ser de tantos jóvenes que no podrían recibir la mejor educación en el mejor de los países y cuyo futuro era preocupante.
Al joven Rafael, su alumno más avanzado, no le preocupaba nada lo más mínimo y sentía una curiosa indiferencia por todo aquello que no fueran los libros de estudio.
El viento barría la suciedad condensada sin término, muy poca gente en las calles y nadie saludaba al pasar.
Había un aire de derrota en el ambiente, de aquellos lugares se habían retirado todos apresuradamente cómo si una destrucción nuclear les fuera a sobrevenir y lo que sucedía es que ya no se podía hacer nada más en aquella tierra y unos emigraban y otros se encerraban en sus casas a llorar, maldecir y lamentar.
Tan sólo el tres por ciento de la ciudad tenía un trabajo y eran los mínimos y los justos para que la ciudad no sucumbiera al completo caos, un remanente de seguridad, algunos pocos funcionarios, contados médicos y enfermeros. Lo justo para que la ciudad no fuera abandonada a su suerte completamente.
El ánimo en tristeza se entretegía en los laureles del viejo profesor que con su afilada mente iba decidiendo sobre los destinos de aquellos que aún quedaban bajo su mando, sus pupilos más amados, y de alguna manera sabía que aquella ciudad estaba próxima a desaparecer pero no porque la Federación Rusa tuviera submarinos nucleares en el Mediterráneo sino por la más conmiserativa y elemental de las lógicas: en aquel lugar no había nada que hacer, sólo marcharse a buscar mejor fortuna a otros países que todavía fueran prósperos.
Nadie quedaba ya, sólo los ancianos, los vagos, los cobardes y los derrotados...y por desgracia también los más tontos, los que no se atrevían a emigrar y a buscarse la vida o a aquellos a los que no les dejaba hacerlo su mamá...Lo triste de la ciudad fantasma es que estaba habitada por una retahíla de torpes sin parangón.
Por todas partes se veían ancianos y tarados, los que no pudieron buscar mejor suerte en otras ciudades, en otros lugares, en otros países.
Y la gente estaba demasiado derrotada para iniciar una revolución...¿Y con quién? ¡A penas había jóvenes y los que quedaban, cómo el joven Rafael, tenían la cabeza en el aire, en el plano de las ideas, huyendo sin escuchar a la realidad!
De fácil solución no había nada y eso era otro problema habría que esforzarse mucho para intentar que las cosas mejorasen un mínimo.
--No te preocupes, Rafael, por quedarte en esta ciudad fantasma.
--¿Por qué me tendría que preocupar?--decía el alumno
--Porque tal vez no te guste ver tanta miseria y pobreza a tu alrededor y tanto ambiente de derrota y desolación....
--Mejor así--respondía--mayor tranquilidad, más paz, más espacio para pasear...pocos bares abiertos pero...¿Necesito yo tantos? Pocos comercios abiertos pero...¿Acaso me falta donde poder comprar comida? Mejor así, está todo más tranquilo.
--Ya. Pero no es ambiente de crecimiento para un joven.
--¿Qué significa ser joven? A mi las edades me dan igual: yo siempre hago lo que quiero y seguiré haciendo lo que me venga en gana, de momento acabar mis estudios.
--¡Pero luego no encontrarás trabajo!
--Pues seguiré estudiando...y algún día las cosas cambiarán...
El viejo profesor no dejaba de admirarse de la sabiduría de su pupilo Rafael, esperaba para él honores y un destino dorado pero...¿Por qué Rafael tendría que ser distinto a los demás? Sencillamente él lo consideraba especial, capaz de lograr mayores objetivos, de alcanzar grandes ideas, de llegar a los mejores resultados...¡Tenía fe en él! ¿Pero...en quién se convertiría Rafael con el tiempo...? Esa idea le amedrentaba.
Sin duda la ciudad había llegado a su final.